Es entonces cuando me despierto, temblando y llorando, como cada noche. He vuelto a fallarle, he vuelto a no salvarle y ha sido por culpa de Jon esta vez. Cuando mis ojos se acostumbran a la oscuridad y me he tranquilizado un poco me doy cuenta de que no estoy sola en el saliente de la roca, Jon está acurrucado contra la pared y me mira sin decir nada. No soporto que me mire, aún le guardo rencor por contarme anoche mentiras sobre Theon. Me levanto con cuidado, cojo mi arco, una antorcha apagada y salgo de debajo del saliente. Hace ventisca fuera y está nevando otra vez.
Camino con dificultad hasta una cueva cercana que descubrí hace pocos días. Está alejada del campamento y no vendrá nadie a molestarme a estas horas. La cueva empieza en un sendero estrecho pero dentro se abre hasta formar un gran hueco. De una de las paredes, que son mucho más altas que yo cae una cascada que no lleva mucha agua. Es agua caliente que viene del corazón de la montaña y desaparece después de un pequeño río por un agujero lateral en la pared de la cueva. En otra de las paredes crece un gran árbol, pero no tiene hojas, solo tronco y ramas peladas. Enciendo la antorcha y la coloco en un hueco en la pared. Me coloco frente al árbol a la mayor distancia que la cueva me permite, coloco el arco, saco una flecha, tenso la cuerda y disparo. La flecha se queda clavada en el tronco. Entonces repito lo mismo con las quince flechas que hay en mi carcaj. Cuando he acabado me acerco al árbol y las arranco, las vuelvo a colocar en el carcaj y vuelvo a empezar. No se cuantas veces lo he hecho, pero ya me duelen los brazos cuando me doy cuenta de que entra luz por la entrada de la cueva. Ya debe estar bien entrada la mañana. Me quito la ropa y me meto bajo la cascada.
Estoy llorando otra vez, liberando la tensión que tengo dentro y me impide respirar. No es que quiera llorar pero tampoco quiero evitarlo. Creo que las lágrimas me limpian un poco la rabia.
Salgo de la cueva y no hay nadie cerca. Voy a reunirme con Tormund, hoy tenemos que hacer una partida de caza, porque apenas quedan reservas de carne. Cuando llego a su tienda me encuentro con Jon que me mira desde que entro hasta que hemos salido organizados en grupos para cazar. No hablo con él en todo el día, pero tampoco yo le pierdo de vista. Por mucho que le odie ahora mismo, sigo siendo su niñera y lo último que quiero es que se largue durante la caza y Mance me despelleje.
Por la noche, después de cenar un oso que hemos cazado, me dirijo a mi saliente para intentar dormir, estoy agotada. Jon se levanta de la hoguera y viene detrás.
- ¿No hay más salientes en los que dormir Jon? No quiero dormir contigo, roncas - le digo sin rodeos. Aunque lo de roncar solo es una excusa para que se largue.
- Si quiero dormir sin peligro de despertarme con la garganta abierta, no. No hay más sitios.
- Que los cuervos nos llamen salvajes no quiere decir que vayamos por ahí matando porque sí ¿sabes? Para matar hay que tener un motivo.
- El motivo que tienen es que no se fían de mí ¿no has visto como me miran?¿no los escuchas cuchichear?
- ¿Y porqué debería importarme a mí tu seguridad?
- Porque éramos amigos.
- Tú lo has dicho, "éramos". Largo de aquí Jon Nieve.
- ¿Estás enfadada por lo de Theon? Y es normal, pero es la verdad, Jannie. Yo también desearía que no fuera cierto, que mis hermanos siguieran vivos y que Theon fuera el amigo que creía tener. Pero las cosas no siempre son como queremos que sean.
- Primero, no me llames Jannie, y segundo nunca le des lecciones a una mujer sobre lo injusta que es la vida, Jon.
- ¿Y para un bastardo? ¿Crees que es justa la vida para un bastardo?
En el fondo, creo que lo que odio de Jon es que nunca le trataron como a un bastardo. Le criaron en un castillo, Ned le trató como a otro de sus hijos, como a uno más, sin distinción. Siempre tuvo algo para comer, un buen caballo para montar, una buena espada con la que entrenar y un maestre que le curara las heridas de las rodillas cuando se las desollaba jugando. Eso es lo peor, que pudo jugar. Seth nació siendo adulto, su madre murió en el parto y tuvo que luchar para vivir, no tuvo nada nunca, ni siquiera una infancia. Pero eso no es culpa de Jon y no debería pagarlo con él.
- No, para un bastardo tampoco - reconozco - puedes dormir aquí, pero si me despiertan tus ronquidos, te echo a patadas.
- No, para un bastardo tampoco - reconozco - puedes dormir aquí, pero si me despiertan tus ronquidos, te echo a patadas.

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